Desinformación y juventud: atrapados en la burbuja del exhibicionismo

El término ‘fake news’ ha ido cobrado protagonismo mundial en el debate público desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Aunque, por suerte, este anglicismo parece dejar paso al correcto término en español de bulo, noticia falsa o paparrucha, conviene que su aparente novedad no nos confunda.

El uso de la mentira en política tiene una larga trayectoria que puede ser rastreado históricamente hasta los tiempos de la Antigua Grecia; por no mencionar la importancia que la propaganda jugó en el siglo XX y lo sigue haciendo en los enfrentamientos bélicos. La tan manida ‘lucha por el relato’, por tanto, no es más que el ejercicio de la retórica propio de la pugna política democrática: para ganar primero hay que convencer. Un asunto que poca novedad encierra.  

Ahora bien, lo que se ha venido a conceptualizar en estos años como desinformación sí guarda ciertas características diferenciadoras con respecto a la situación anterior. Esta especificidad hay que buscarla, precisamente, en el nuevo entramado sociotécnico en el que se despliegan los medios de comunicación actualmente. Un escenario transmedia que nos obliga a entender este fenómeno de la desinformación como algo que ocurre y se reproduce más allá de los medios de comunicación de masas. Antes que nada, por tanto, se trata de un fenómeno que tiene su punto de partida en una crisis de autoridad de estos medios convencionales. La idea de que la mentira lo impregna todo ha calado de tal modo que aquellos portadores de confianza han caído en desgracia: la ética que se le presumía al periodista y la metodología de verificación de información que se le atribuía al medio no solo han sido puestos en entredicho, han sido condenados al reino de la creencias mitológicas.

Por tanto, es en este nuevo escenario en el que debemos fijarnos para comprender lo específico de la actual desinformación y así poder idear soluciones que reduzcan sus peores consecuencias. En primer lugar conviene destacar que este escenario es un entramado social y tecnológico, esto es, no podemos comprenderlo como algo exclusivamente social ni como algo meramente tecnológico, al contrario, debemos comprenderlo como una forma de interactuar entre ambos mundos. Una interacción que se desarrolla sobre un conjunto de intereses económicos que le dan forma y propician un tipo, y no otro, de interacciones sociales. Este punto es especialmente importante, ya que sin atender a la economía de la vigilancia que mueve el diseño de las plataformas digitales difícilmente podremos entender los incentivos y factores que permiten el despliegue de la desinformación.

De este modo, debemos entender que esta economía de la vigilancia lo que persigue es el desarrollo de una industria del seguimiento orientada a la captación y cuantificación del comportamiento humano. No se trata tanto de “espiar” a individuos concretos como, a través de la observación del comportamiento de muchos individuos, aprender cómo se comportan las sociedades en tiempo real. Efectivamente, la muy manida expresión “los datos son el nuevo petróleo” se debe a la extensión y popularización de esta economía de la vigilancia: cuanta más información se disponga acerca de lo que ocurre en el mundo (social, técnico, económico, etc.) mejor se podrá planificar la logística industrial o anticipar la demanda de ciertos servicios, por ejemplo. Poder observar con detalle qué es lo que ocurre es el primer paso para poder tomar decisiones, de ahí que la industria del seguimiento haya conseguido desplegarse hasta rincones insospechados. Piénsese en el auge de dispositivos inteligentes: lavadoras, bombillas, neveras, semáforos, cámaras de tráfico, etc., no existe ámbito social en el que no hayan aparecido dispositivos que están orientados a cuantificar y transmitir a los brokers de datos información sobre lo que están captando.

La información que captan no se circunscribe al ámbito de los dispositivos, al contrario, su principal razón de ser es cotizar en mercados en los que se intercambian packs de información acerca de qué intereses tienen o cómo se comportan las personas que cumplen ciertas características. Y esta información es empleada, entre otras cosas, para configurar cómo es la web a la que accedemos. Dicho de otro modo, cuando entramos a un portal de búsquedas o accedemos a una red social, lo que ahí observamos y la información que nos llega a través de sus plataformas, no es la misma que a la de mi vecino. Cada una de nuestras experiencias en Internet ha sido personalizada gracias a la información que sobre nosotros ha recopilado la industria del seguimiento, permitiendo que cada uno viva en su propia burbuja de información adaptada a sus gustos, intereses y también miedos.

Esta personalización de la experiencia digital, que en otros trabajos he denominado como hiperfragmentación del espacio público digital, es el caldo de cultivo perfecto para que se desarrolle la desinformación. La razón es sencilla: si cada uno ve aquello que las plataformas digitales piensan que queremos ver, cada vez estamos menos expuestos a la diferencia y, por tanto, más proclives somos de creer en lo que queremos creer. El problema radica en que ya no existe una disputa sobre si un hecho está bien o mal, o si ha de interpretarse de aquella o de esta manera, sino sobre la propia existencia del hecho. Así, lo público deja de ser aquello que está a la vista y oído de cualquiera, ya que lo que nos aparece en el medio digital ha sido personalizado a nuestras preferencias de tal modo que sólo es accesible, de manera inmediata, a las personas que ven el mundo como yo.

Así, viviendo cada uno en su burbuja de realidad deja de haber un mundo común en el que poder confrontar distintos puntos de vista sobre lo mismo, ya que la propia existencia de lo que ocurre se pone en cuestión. Esta situación es especialmente delicada para el público juvenil, ya que se encuentra en una etapa de descubrimiento del mundo en el que estás dinámicas pueden llegar a ser más perjudiciales. Sin un conocimiento previo de la diversidad del mundo es difícil poder tener la mirada crítica suficiente para poder darse cuenta de que la realidad que percibimos digitalmente no agota la realidad social que experimentamos al salir a la calle.

Además, las plataformas digitales que configuran este espacio público digital, como las redes sociales, explotan un punto crítico de la subjetividad moderna que puede llegar a ser especialmente perjudicial para las personas más jóvenes: la búsqueda de reconocimiento y aceptación social. En efecto, estas plataformas están orientadas a maximizar el tiempo que los usuarios pasan en sus servicios, ya que a más tiempo de uso mayores serán los ingresos por publicidad, de ahí que la mayoría de las redes sociales exploten, a través a los ‘me gusta’ y la oportunidad de exhibirse públicamente, esa intrínseca búsqueda de reconocimiento que tenemos los sujetos modernos. La popularidad, por tanto, es la moneda con la que pagan a sus usuarios estas plataformas por pasar tiempo en sus servicios.

No se trata únicamente de que el público más joven encuentre ese anhelado reconocimiento y validación social a través de estas plataformas, es que, además, estas redes sociales están diseñadas para que es búsqueda nunca sea lo suficientemente satisfactoria. El reconocimiento se plantea como un deseo que nunca puede ser satisfecho plenamente, lo cual genera una frustración enorme entre el público menos maduro y más ávido de ser aceptado e integrado en una comunidad de iguales.

De este modo la búsqueda personal de un lugar en el mundo, ese proceso de descubrimiento de la diferencia del yo en sociedad, se torna una mercancía que es empleada por estas plataformas como mecanismo de adicción: al igual que una máquina tragaperras, las redes sociales generan un deseo que es imposible de alcanzar.

Mirando al futuro

Nada hace pensar que esta situación tenga que mantenerse, ahora bien, seguirá reproduciéndose si no tomamos conciencia de su funcionamiento y no buscamos remedios para enfrentarla. De este modo, la pedagogía juega un papel clave para transmitir el conocimiento necesario sobre el funcionamiento de esta situación y, en especial, para que la juventud tome conciencia sobre qué puntos de su personalidad explotan las plataformas de la economía de la vigilancia y cómo llevan a cabo la generación de un deseo imposible de satisfacer: urge informar desde las etapas intermedias de la educación sobre los riesgos que un abuso de las mismas pueda conllevar. Porque sin esta toma de conciencia tampoco será posible abordar el problema de la desinformación, ya que sin un trabajo crítico previo resulta imposible diferenciar una pieza de información orientada a la veracidad –una auténtica noticia– de una pieza propagandística que busca generar desinformación. De ahí que haya que introducir en la educación proyectos pedagógicos que doten de las herramientas críticas necesarias a las personas que tendrán derecho a voto el día de mañana.

En definitiva, aunque pueda parecer un imposible, debe exigirse transparencia a las plataformas digitales sobre su funcionamiento y prohibir que los distintos actores de la economía de la vigilancia operen libremente sobre los menores. Muchas veces suele argumentarse en contra de la regulación que el funcionamiento de estas plataformas está protegido por la propiedad intelectual o que su uso es voluntario. Ahora bien, extendiendo este razonamiento a otros ámbitos se ve rápidamente la falacia que encierra, ya que no sería posible tener códigos técnicos de edificación ―pues nadie le podría decir a una constructora cómo levantar una vivienda― y no existirían normas contra el tabaquismo o para prevenir la ludopatía, ya que su consumo es totalmente voluntario.

Autor: Carlos Fernández Barbudo