Jóvenes, tecnologías digitales y configuración de la identidad

El uso masivo de redes sociales y las prácticas asociadas a ellas han promovido la creación de conceptos como “identidad digital”, “identidad online” e “identidad móvil” para dar cuenta del modo como las tecnologías digitales han intervenido en los procesos de subjetivación en la población en general, pero especialmente entre los y las jóvenes[i] .

De una identidad fingida a una identidad aumentada

Es posible identificar una variación en el fenómeno de la incidencia de las tecnologías de la información y la comunicación en la conformación de la identidad, o por lo menos, en el modo de interpretarlo, vinculado especialmente a los tipos de redes sociales que han surgido en los últimos años. Así, se encuentra un estudio realizado a comienzos de este siglo en Argentina (Balardini, 2000) en el que se aplicó una metodología etnográfica para analizar espacios virtuales, considerando a jóvenes de entre 14 y 20 años (si bien no fue posible verificar la edad en la medida que se basaron en la información proporcionada por las personas en dichos sitios). Para ese entonces, aún no existían redes sociales como Facebook, Instagram o aplicaciones como Whatsapp, sino que predominaban los chats, “salas de chats” o distintos tipos de foros siendo una de sus principales características la comunicación escrita y la posibilidad de “entrar” y “salir” de los grupos sin mayores restricciones. De ese modo, el anonimato que otorgaba la virtualidad permitía “inventarse toda clase de roles, identidades e historias, cambiando su nombre, edad o incluso su género” (Balardini, 2000).

Esta situación parece modificarse radicalmente con la utilización de la imagen, o más bien, con el surgimiento de sitios que permitieron la posibilidad de publicar imágenes y otro tipo de contenidos, como es el caso de Facebook e Instagram. Al respecto, nuevamente de la mano del psicólogo argentino Sergio Balardini, se encuentra un estudio del mismo carácter etnográfico aplicado a distintos “perfiles” de Facebook de usuarios con edades de entre 13 y 18 años residentes en Buenos Aires (Balardini, 2009), donde la mayoría de los adolescentes analizados había publicado en su perfil información personal como su nombre completo, el nombre del colegio al que asistían, la localidad en la que vivían, su fecha de nacimiento y correo electrónico, es decir, todo tipo de datos “reales” o que permitirían identificarlos. Asimismo, uno de los hallazgos más importantes es el predominio de la imagen en los perfiles de los adolescentes. En este caso “surge como relevante la valoración de la buena apariencia e imagen personal, y la búsqueda de confirmación de del buen aspecto a través de los comentarios” (Balardini, 2000).

Este cambio que generó la aparición de redes sociales como Facebook, motivó el surgimiento de teorías que interpretan dicha transformación como un tránsito desde el “anonimato” a la “transparencia” (Reig y Vilches, 2013). En efecto, a diferencia de quienes postulan que en las redes sociales como Facebook se construyen perfiles ficticios o alejados de la realidad que experimentan los jóvenes, aquí se plantea el paso desde la identidad fingida a una identidad aumentada, es decir, las redes sociales se constituirían en una extensión del contexto social, por lo cual se trata de un espacio en el que se busca es “expresar características de personalidad reales”.

Lo que se transmite en las redes sociales “es una integración de varias fuentes de información personal similares (o incluso más reveladoras) que las que compartimos en el mundo no virtual: pensamientos privados, imágenes de la cara, relatos de nuestro comportamiento social, cosas que contienen información válida acerca de nuestra personalidad” (Reig y Vilches, 2013).

Interpretaciones positivas y negativas sobre el modo en que tecnologías digitales intervienen en los procesos de subjetivación de los jóvenes

Megías y Rodríguez (2014) afirman que hoy la persona puede mostrar las diversas perspectivas de su personalidad y de su vida gracias a la existencia de distintas redes sociales, cada una con sus propias características, claves comunicacionales y puntos de vista. La persona es, al mismo tiempo, todas esas perspectivas, pero se muestra de manera diferente en cada una pues, como ya se mencionó, las claves varían en cada red social. Por ello, y como ha surgido gradualmente –a partir del uso de estos medios y la consecuente maduración y asimilación de sus códigos– una suerte de comprensión tácita de estas diferencias, todos entienden que estas variaciones no significan un engaño, como tampoco lo es la diferencia entre la imagen que una persona muestra “en vivo” y la que muestra en los medios online, pues se asume también que “las claves del lenguaje escrito y oral son distintas” (Megías y Rodríguez, 2014).

En línea con lo anterior, Pávez (2014) afirma que las redes sociales virtuales no son un ente separado del mundo real, sino que reproducen los grupos y círculos que ya existen en él, lo que se refleja, por ejemplo, en las sugerencias para agregar contactos, sistema basado en algoritmos que calculan la potencial cercanía entre dos personas en base a la cantidad de amigos comunes que se tienen, como es el caso de Facebook y su sección “Personas que quizás conozcas”.

No obstante, estas visiones más optimistas, existen posturas que insisten en el lado “oscuro” que guardan las redes sociales. Así, se habla de una ‘bidimensionalidad’ del sujeto en la era digital, en referencia a la tensión que se genera entre el mundo material y el virtual (Aguilar y Said, 2010), donde en este último, el sujeto se constituye como un producto de sí mismo; posee control sobre los rasgos y elementos que lo definen e identifican ante los otros; y si bien no es imposible, resulta difícil de verificar lo que se expone en las redes; ni requiere necesariamente pertenecer a un espacio social (Bourdieu) para participar o interactuar con quienes pertenecen a él. Asimismo, en redes como Facebook, Twitter, YouTube, Instagram, entre otras, “se ensayan gestos, se modelan cuerpos, se tornean miradas, se exhiben espacios íntimos que reclaman lugar y reconocimiento (certificación social); se notifican viajes, se comparten fragmentos de obras, de pensamientos, aforismos” (Ramírez y Anzaldúa, 2014), etc., que se insertan de alguna manera en un mercado de la imagen fomentando en muchos casos un engaño o máscara respecto de la intimidad o realidad fuera del espacio virtual.

Desde otras posturas más neutras, Almansa et al (2013) comparan el crear un perfil de Facebook con la creación de un ser nuevo, explicando que en el mundo virtual los jóvenes no sólo se presentan como son, sino también como quieren ser. Por eso, el proceso de diseño, creación y edición de las imágenes que publican en sus perfiles es algo de la mayor importancia, pues debe representar la identidad que ellos desean proyectar, y esto tiene repercusiones en su socialización, ya sea real o virtual. A pesar de lo anterior, por mucho que el usuario gestione su propio perfil es inevitable que sus contactos suban imágenes de él o hagan comentarios en su muro que se alejen de la identidad que él busca proyectar públicamente, por lo que es necesario estar en un estado activo y alerta para poder corregir aquellas situaciones (Megías y Rodríguez, 2014).

En las interacciones de la vida diaria, el cuerpo sirve como un medio fundamental de representación de la identidad. Las personas usan su cuerpo para proyectar información sobre ellas mismas, a través del movimiento, la ropa, la manera de hablar y las expresiones faciales (Boyd, 2008). En las redes sociales, el cuerpo se convierte en un relato, y se construye a partir de lo que socialmente se entiende como atractivo, rebelde o cool, por eso la imagen de perfil siempre es un recorte, una porción de la realidad especialmente seleccionada para mostrarse, restringiendo así el resto de esa realidad, filtrando lo que el o la joven no considera aceptable de mostrar a sus pares (Porta et al, 2009). Weber y Mitchell (2008) señalan que al subir fotos de sí mismos a sus perfiles de redes sociales, los jóvenes están representando sus propios cuerpos, experimentando con su aspecto, y también, cuando suben fotos de sus ídolos, lo que hacen es proyectar sus propios cuerpos a través de ellos, deseando la apariencia del otro. Lo que se busca es la aceptación de los pares porque, como ya se mencionó, la pertenencia a grupos es muy importante en el proceso de construcción de su identidad (Balardini, 2000).

identidad digital

Esta representación del cuerpo se observa en la foto de perfil, o bien, la “primera impresión” que se tiene de una persona en una red social virtual. En el mundo de hoy, en el que existe una preponderancia de la imagen, las primeras impresiones son cruciales, y los jóvenes saben que su foto de perfil condicionará la percepción que sus pares tendrán de ellos. Un ejemplo de ellos lo vemos en el trabajo de Almansa et al (2013), quienes en su estudio de las juventudes española y colombiana describen que en la mayoría de las fotos de perfil los jóvenes aparecen solos, posando de manera artificial, como si imitaran a personalidades famosas de la televisión y otros medios.

Otra arista de la identidad digital es lo que Megías y Rodríguez (2014) llaman el “historial de vida”, esto es, la huella que el usuario deja a lo largo del tiempo que ha utilizado la red social, información como fotos, canciones que se escuchan (por ejemplo, cuando Facebook está vinculado a Spotify y permite mostrar la música oída por el usuario), los lugares donde se ha viajado, las publicaciones en el muro, las conversaciones con amigos y conocidos en el chat, entre otros, que revelan cómo es la persona que ha dejado ese rastro virtual.

Más allá de un manejo eficaz o no de la información revelada en un perfil, el uso excesivo de las redes sociales ha llevado a una sustitución de las relaciones personales por relaciones virtuales, en que los jóvenes saben todo sobre sus contactos porque visitan sus perfiles, a riesgo de verse en persona con menor frecuencia (Espinar y González, 2009). O bien sucede cada vez con mayor frecuencia que el contacto constante provoca un nivel de saturación que erosiona las relaciones, debido a que ya no es necesario ver a los conocidos porque ya se han contado todo a través de redes sociales, haciendo que se pierda la “chispa” de la novedad (Megías y Rodríguez, 2014).

Autores: Andrea Murden y Jorge Cardenaso[ii]

 

Notas:

[i] Este texto es un fragmento de la tercera parte del documento elaborado por sus autores titulado: Ser joven en la era digital. Una aproximación a los procesos de construcción de subjetividad.

[ii] Consultores de la División de Desarrollo Social de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe CEPAL, supervisados por los funcionarios de la misma institución Ernesto Espíndola y Guillermo Sunkel.

 

Bibliografía:
  • Aguilar, D. y Elías Said (2010), “Identidad y subjetividad en las redes sociales virtuales: caso de Facebook”. Zona próxima, Revista del Instituto de Estudios en Educación Universidad del Norte nº 12 enero-julio, 2010, ISSN 1657-2416.
  • Almansa, A., Fonseca, O., & Castillo, A. (2013). “Redes sociales y jóvenes. Uso de Facebook en la juventud colombiana y española”. Comunicar, 20(40), 127-135.
  • Balardini, S. (2009). Hacia un entendimiento de la interacción de los adolescentes con dispositivos de la Web 2.0. El caso de Facebook. Asociación Civil Chicos.net
  • Balardini, S.(2000). “Jóvenes e identidad en el ciberespacio”. Nómadas (Col), (13).
  • Boyd, D. (2008). “Why Youth (Heart) Social Network Sites: The Role of Networked Publics in Teenage Social Life”. En: Buckingham, D. (2008). Youth, Identity and Digital Media. The John D. and Catherine T. MacArthur Foundation Series on Digital Media and Learning. Cambridge, MA: The MIT Press, 2008
  • Espinar, E., & González, M. J. (2009). Jóvenes en las redes sociales virtuales: un análisis exploratorio de las diferencias de género
  • Megías, I., & Rodríguez, E. (2014). Jóvenes y comunicación. La impronta de lo virtual. Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), Madrid.
  • Pavez, M. (2014), “Los derechos de la infancia en la era de Internet. América Latina y las nuevas tecnologías”. Serie Políticas Sociales N°210, División de Desarrollo Social. Santiago de Chile: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
  • Porta, P. I., Racioppe, B., Poiré, M. J., & Rotouno, C. (2009). Jóvenes y TIC. Oficios Terrestres.
  • Reig, D. y Luis Vilches (2013), Los jóvenes en la era de la hiperconectividad: tendencias, claves y miradas. Madrid: Fundación Telefónica/Fundación Encuentro.
  • Weber, S., & Mitchell, C. (2008). “Imaging, Keyboarding, and Posting Identities: Young People and New Media Technologies.” En: Buckingham, D. (2008). Youth, Identity and Digital Media. The John D. and Catherine T. MacArthur Foundation Series on Digital Media and Learning. Cambridge, MA: The MIT Press, 2008.